Informes CENDA

Carta económica 13 de noviembre 2011

En su cumbre de Cannes, el G-20 volvió a demostrar su incapacidad para desempeñar su papel de dirección en la economía mundial.  La cita constituyó un nuevo fracaso y terminó siendo además la demostración de su incompetencia para enfrentar la aguda crisis de la eurozona.  Se limitó a un comunicado con formulaciones generales.  Se habló de estimular la demanda interna, mientras se siguió impulsando aplicar políticas de austeridad, con un elevado costo social.  Luego de Cannes, la crisis en la eurozona continuó ahondándose.  En la semana, la Comisión Europea constató que en el trimestre en curso la eurozona se contraerá así como durante el primer semestre de 2012, concentrándose los ataques especulativos sobre Italia, representada en la cita de Cannes por un cada vez más cuestionado Silvio Berlusconi, que finalmente debió dimitir.  El G-20 adoptó una serie de acuerdos orientados a reducir los riesgos “sistémicos” de los grandes bancos globales, pero para ser aplicados muy diferidos en el tiempo.  El gran problema es que el mundo carece de instituciones y mecanismos de dirección globales.  El G-20 no fue ni podía ser la solución y no se  estudian nuevas instancias y mecanismos para resolver este vacío. 

 La cumbre de Cannes del G-20: nuevo fracaso

             La reunión de Cannes del G-20 ratificó que, a diferencia de las obligaciones que se autootorgó, no constituye efectivamente un organismo de dirección de la economía mundial.  Nuevamente sus decisiones tuvieron escasa relevancia frente a la magnitud de los problemas globales y, en particular, de la eurozona, aunque la cita estuvo muy dominada por los acontecimientos de Grecia y la profunda crisis de esta región, con su tercera economía más grande, Italia, intervenida abiertamente por el FMI y la Comisión Europea, que revisarán periódicamente el cumplimiento de su plan de ajuste.  En la supervisión, señaló la directora del FMI, Christine Lagarde, “seremos rigurosos, exigentes y laboriosos” (05/11/11).

                   El mundo carece de instancias de dirección efectivas.  No lo es el G-20 ni tampoco la Unión Europea (UE) enfrentada a una crisis cada vez más aguda.  “Puede ser difícil de imaginar –escribió Barry Eichengreen, después de Cannes- que la crisis en Europa podría empeorar, pero acaba de hacerlo.  Los líderes de la Unión Europea en su cumbre (…) fracasaron en generar cualquier cosa sustancial.  Y la (…) cumbre del G-20 en Cannes no produjo ningún acuerdo sobre medidas que ayuden a resolver la crisis”.              En el segundo trimestre, según Eurobarómetro, la desconfianza en la UE llegó a un 47%, mientras la desconfianza descendía al 41% y en el BCE creía apenas un 36%.  Incluso el ideólogo del Tratado de Lisboa, Jean-Claude Piris, declaró a Financial Times que “la legitimidad de la UE está en juego” (12/11/11).

             “La cumbre –sintetizó Economist Intelligence Unit (EIU), haciendo un balance de la reunión de Cannes-  fue calificada mayoritariamente como un fracaso.  Los avances en temas globales más amplios –detalló- fueron confinados a una larga lista de declaraciones de principios sobre asuntos como la importancia de un sistema financiero estable y mantener los océanos limpios” (08/11/11).  Ello cuando la economía mundial vive una fase de desaceleración y de nuevo agravamiento de la crisis financiera iniciada a mediados de 2007.

             No hubo acuerdo, por ejemplo sobre aportes al Fondo Europeo de Estabilización Financiera (FEEF) creado por la eurozona, para ir en ayuda de los países en dificultades, con lo cual queda en duda que puede reunir los fondos comprometidos.  La canciller alemana, Angela Merkel, informó que algunos países estarían con disposición a participar, otros plantearon interrogantes y, finalmente, están aquellos que lo desestimaron abiertamente, entre los cuales figura Brasil.  “No tengo intención de invertir en el Fondo –si los europeos no tienen planes de contribuir- dijo su presidenta, Dilma Rousseff-, ¿por qué lo tengo que hacer yo?  Prefiero invertir más recursos en el FMI, porque al menos sé que ahí cuento con un garantía, con un colateral” (05/11/11).            El aporte del FMI igualmente es dudoso, Christine Lagarde aclaró que la institución “solo presta a países”  “Sarkozy y Merkel –comentó Financial Times- fueron dejados en la humillante posición como lideres europeos de solicitar ayuda a otros países del G-20, ninguno de los cuales estuvo dispuesto a hacer un fuerte compromiso en la ausencia de detalles convenientes de cómo la eurozona resolverá sus problemas” (07/11/11).

             En el caso de  Grecia –puntualizó EIU-, era poco realista esperar que el G-20 tuviera éxito donde falló la Comisión Europea, especialmente porque el G-20 no tiene autoridad sobre la eurozona.  Pero –se preguntó la unidad de estudio de The Economist- ¿por qué, entonces, involucrarse? (08/11/11).  Los organismos europeos no han sido capaces de enfrentar su propia crisis.

            El aumento de recursos para el FMI quedó diferido y diseñar la fórmula a utilizar se postergó para febrero.  La resolución se dificultó por la postergada decisión de aumentar la participación en las resoluciones de los países emergentes.  Sin esta contrapartida es altamente improbable que estos países puedan estar de acuerdo en aumentar sus contribuciones en forma significativa.

             El informe entregado por el FMI a la cumbre constató que la actividad económica de las economías industrializadas “se mantiene en una velocidad baja”, responsabilizando de ello a las autoridades políticas.  “La parálisis y la incoherencia de las políticas –señaló- han contribuido a exacerbar la incertidumbre, a una pérdida de confianza y a reforzar la tensión en los mercados financieros”, proponiendo que estas economías “deben moverse con rapidez para poner en marcha planes creíbles de consolidación de mediano plazo, lo cual ayudará a preservar el margen para apoyar planes en el corto plazo que apuntalen a la recuperación” (13/11/11).

             Frente al peligro de que se profundice la caída en los niveles de actividad en las grandes economías, las cuatro mayores (EE.UU., China, Japón y Alemania)  se “comprometieron” a estimular las respectivas demandas internas.  En varios casos fue únicamente la reiteración de declaraciones que habían ya efectuado con anterioridad.  Barack Obama lo vinculó a su plan presentado al Congreso estadounidense para reactivar el empleo, que ha encontrado una fuerte oposición para su aprobación y es extraordinariamente dudoso que lo pueda sacar adelante, apareciendo más bien como una formulación de su campaña electoral a la reelección.  Japón aporta con su plan de reconstrucción ya en ejecución.  No constituye, por tanto, algo nuevo.  En el caso de China la potencia asiática, hizo referencia a sus decisiones también ya tomadas de “fortalecer las redes sociales, incrementar los ingresos de las familias y cambiar el patrón económico”, lo cual se verá complementado con el proceso “en marcha” de concederle mayor “flexibilidad” al yuan.

             La novedad fue el compromiso en la misma dirección de Angela Merkel, dado que Alemania ha sido la gran propiciadora de las políticas de “austeridad” que han empujado a la eurozona a la recesión.  Merkel habló de  “tomar medidas para incrementar la demanda interna” (05/11/11), contradictoria con las políticas que impulsa en la región y cuando la Comisión Europea pronostica que la economía germana se paralizará  completamente en los últimos meses de 2011, para crecer apenas una y dos décimas respectivamente en el primer y segundo trimestre de 2012.  Esta declaración formal se produjo cuando el nuevo presidente del BCE, el italiano Mario Draghi, habló de que se registraría en la eurozona antes de finalizar 2011 “una suave recesión”.  El comisario de Asuntos Económicos y Monetarios de la Comisión Europea reconoció a la semana siguiente de la reunión del G-20, que “el crecimiento en Europa se ha estancado”.  Este proceso se acentuará en el trimestre en curso y se prolongará durante el primer semestre de 2012, lo que supondrá –dijo- “la paralización del crecimiento de empleo” (11/11/11), cuando se ubica según el organismo comunitario en el 9,7% de la fuerza de trabajo.  De acuerdo a sus proyecciones Italia entrará en recesión al contraerse su producto durante dos trimestres consecutivos (octubre-diciembre y enero-marzo de 2012).  Lo mismo acontecerá, anticipó, con Luxemburgo y Chipre para no mencionar a Grecia y Portugal con cifras en rojo en el año en curso y en el próximo.

             De otra parte, la economía italiana, igual que la de Grecia, se dirige abiertamente desde el exterior.             Los presupuestos para 2012 que debían someterse a la consideración del parlamento fueron redactados, pocos días después de la cumbre del G-20, bajo la supervisión directa de personeros de la Comisión Europea y el BCE.  “La prisa es tanto y la situación tan dramática –constató El País- que, por una vez, se dejó de lado la diplomacia.  Los inspectores entraron hasta la cocina del Banco de Italia y de los Ministerios de Economía y de Administraciones Públicas para comprobar, in situ, que los datos aportados son reales” (10/11/11).

             El gran problema reside en la magnitud de la economía italiana.  Si fuese necesario un “rescate”, como ya se efectuó en otros países, ni el FEEF ni el FMI disponen de recursos adecuados para materializarlo.  Al FEEF le quedan disponibles 250.000 millones de euros y el FMI cuenta con unos 300.000 millones, pero con la objeción de países como Brasil que se destinen más fondos exclusivamente a la eurozona.  De otra parte, Alemania se ha opuesto a que el BCE actúe como prestamista de última instancia.  Ni siquiera frente a problemas urgentes de gran magnitud Cannes indicó un camino para enfrentarlos.

             A propuesta del Consejo de Estabilidad, el G-20 aprobó un conjunto de medidas a adoptar por los grandes bancos, pero a aplicar desde 2016, concediéndoles un tiempo superior al previsto en reuniones anteriores.  Entre ellos figuran dos consorcios transnacionales controladores de las mayores instituciones bancarias chilenas: el español  Santander y el Citigroup, que participa en la dirección del Banco Chile, junto con el grupo Luksic.  Los acuerdos de Basilea establecen que todos los bancos deben elevar gradualmente entre 2013 y 2019 su capital de máxima calidad del 2,5% al 7% de sus activos ponderados por riesgo.  A esta condición se añade en los grandes bancos un recargo de capital entre el 1% y el 2,5% de los activos.  En el listado figura el belga Dexia, intervenido poco antes de la resolución y dividido entre los tres países que participaban en su control.  El listado se revisará anualmente y la decisión definitiva se adoptará en 2014, cuando se establecerá el porcentaje de recargo a cada banco.  Se difiere en adoptar resoluciones que son necesarias en un plazo mucho más breve.

             Los problemas de la banca no provienen exclusivamente del alto  riesgo de las deudas soberanas, sino de los activos dañados adquiridos con anterioridad al comienzo de la crisis financiera.  Según un informe del banco Credit Suisse, 16 de los principales bancos europeos poseen de conjunto unos US$532.000 millones en activos sospechosos, suma superior a la deuda gubernamental griega, irlandesa, portuguesa y española que estas instituciones tenían contabilizados a fines de 2010.  A ello se le debe añadir los préstamos a clientes concedidos en esos países, que por sus crisis económicas en muchos casos son de difícil recuperación.

             El contagio a otras regiones del mundo es muy grande.  ¿No debería haber sido un tema abordado en Cannes?  Los grandes bancos estadounidenses tienen una elevada exposición en Europa.  Un sondeo de la Reserva Federal, dado a conocer en noviembre, consignó que “en torno a la mitad de los bancos locales consultados, en su mayoría grandes, indicó que habían hecho préstamos o extendido líneas de crédito a bancos europeos (…)” (08/11/11).

             ¿Qué posibilidad existe de que la debilidad de los bancos de la eurozona se traslade hacia América Latina?  Un 44,7% de los activos que la banca global tiene en la región –US$565.000 millones sobre US$1.264 millones – corresponde a instituciones de los ocho países más expuestos a la crisis de las deudas soberanas europeas, incluyendo a Alemania, Francia y España.  Donde tienen colocados más recursos, de acuerdo a cifras de marzo del Banco de Pagos Internacionales (BPI), son Brasil, México y Chile.  “Latinoamérica –advirtió el jefe del departamento económico y monetario del BPI, Stephen Cecchetti- puede verse afectada directamente a partir de la crisis.  Algunos de los principales financistas de la región –agregó- están bajo una tensión severa a partir de su exposición (…)” en Portugal, España, Italia, Irlanda y Grecia, o sea en los países más golpeados  a la fecha por la crisis (06/11/11).

             “El creciente stock de los bancos extranjeros en Latinoamérica –insiste Cecchetti-  crea el potencial de una detención súbita de los flujos a la región”.  Este riesgo se reduce, pero no desaparece, debido a que en muchos casos parte importante de su financiamiento lo obtienen en el mercado local, lo cual mirado desde otro ángulo significa que sus rentabilidades muchas veces muy elevadas la generan con cargo a sus clientes al interior del país en que están actuando.

             En Chile, las posiciones de los bancos extranjeros – si se considera al Banco de Chile que tiene una dirección compartida entre el grupo Luksic y el Citigroup- llega a aproximadamente un 50% de sus activos.  De los países más comprometidos directamente por la crisis la presencia más relevante en la región la tienen los españoles Santander y BBVA con un 24,5% y un 8,3% de las colocaciones de acuerdo a las cifras a septiembre.  España es de donde hay más recursos invertidos en América Latina, un 89% del total de sus colocaciones en naciones “emergentes”.

                       La semana siguiente de la reunión del G-20, la Comisión Europea se vio obligada a elaborar una norma europea para evitar que la obligación de recapitalizar los bancos implique una disminución en el otorgamiento de créditos.  “Queremos asegurarnos –sostuvo el comisario de Mercado Interior y Servicios de la UE, Michel Barnier- de que no haya un desendeudamiento masivo y repentino” (09/11/11).  La  Comisión se propuso proponer la medida “muy rápidamente”, sin indicar en qué consistiría.

             En resumen, la economía mundial no cuenta con un mecanismo de dirección.  Las resoluciones más relevantes son las adoptadas por sus autoridades nacionales al interior de los países económicamente más importantes, mientras tanto la crisis financiera global sigue transcurriendo durante más de cuatro años y la desaceleración global sigue avanzando, entrando la eurozona en recesión.

HUGO FAZIO

Carta Económica 04 de Julio de 2010

 

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La cuarta reunión del G-20 nuevamente defraudó al demostrar que no es la instancia capaz frente a los grandes problemas globales de dar respuestas en ese nivel.  En lo principal su comunicado expresa un aparente consenso entre las economías industrializadas, particularmente EE.UU y Europa, para buscar encontrar una salida en el debate producido si es o no el momento adecuado para finalizar las políticas de estímulo macroeconómico, particularmente fiscal, que impidieron, a lo mejor transitoriamente, que se produjese una nueva depresión global, y quienes son, encabezados por Alemania, partidarios de la reducción de los déficit presupuestarios como la vía para darle “confianza” al sector privado para que reemplace el cese de las políticas anticíclicas aumentando su consumo y las inversiones.  La cita de Toronto se inclinó en su formulación  consensuada por colocar en primer plano el objetivo para que  en un plazo acotado las economías industrializadas, a ritmos diferentes, reduzcan los déficits fiscales.  Es una demostración del avance producido en estos países por sectores conservadores, que reducen el papel activo del Estado.

 

 

 

¿G-20 foro principal para la cooperación económica global?

El comunicado conjunto de la cuarta cumbre del G-20, efectuado en Toronto (Canadá) buscó dar una forma única a las posiciones divergentes de las potencias industrializadas.  La realidad de los países emergentes prácticamente no se consideró y varios de sus representantes manifestaron su malestar. “El comunicado final – anotó The World Street Journal-, (…) representa un compromiso entre dos distintas posturas acerca de la economía mundial, ocultó las divisiones entre las delegaciones de Europa y Estados Unidos que afloraran en los preparativos de la cumbre. EE.UU. advirtió que un retiro  acelerado del estímulo fiscal podría propiciar una recaída global. Los europeos, liderados por Alemania, enfatizaron que un exceso de cautela podría producir cargas de deuda insostenible (…) y posibles cesaciones de pagos de deuda soberana” (27/06/10).  No se cumplió con el objetivo proclamado en noviembre del 2008 en la primera cumbre del G-20 que la instancia permitiría “soluciones globales a problemas globales”. Frente a problemas globales se produce un abanico de formas diferentes para enfrentarlas.

El texto descansa en la propuesta canadiense que se fijó objetivos alcanzables, a pesar de las formulaciones diferentes tanto para Europa como para EE.UU. Hasta pocas horas antes de la sesión plenaria el secretario del Tesoro norteamericano, Timothy Geithner -reiterando la formulación a los participantes, expresada en una carta por Barack Obama- puso el acento en “potenciar el crecimiento”. Pero, el texto final colocó en primer plano acelerar el ajuste de las cuentas públicas. Los estímulos fiscales se circunscribirán a los “ya existentes” y durarán únicamente hasta 2011.
            El ritmo de los ajustes serán decididos por cada país industrializado, comprometiéndose a “al menos, reducir a la mitad sus déficit públicos en 2013 y empezar a reducir el peso de la deuda pública en relación con el PIB a partir de 2016″, momento en que – según las estimaciones del FMI -la deuda pública de los países avanzados del G-20 habrá alcanzado el 117% del PIB conjunto. En 2007, año de inicio de la crisis financiera era de 80%. En todo caso, se trata de compromisos no vinculantes ni sujetos a supervisión o a la aplicación de sanciones.  Es decir, no tienen ninguna fuerza efectiva.  Entrega un amplio margen de decisiones país por país.

“Reducir el déficit a la mitad para algunos países es un ajuste draconiano -manifestó el ministro de Finanzas brasileñas, Guido Mantega, que representó a su gobierno-, cuando uno se pasa en la medicina -agregó- puede matar al paciente”. “La política de austeridad- señaló a su turno la presidenta argentina Cristina Fernández- es un desastre, nosotros ya lo experimentamos en 2001″, cuando se desató la crisis transandina. India y China fueron contrarios a socavar el crecimiento.  Por lo demás, el propio documento constató que “hay un riesgo de que el ajuste fiscal sincronizado pueda tener un impacto adverso en la recuperación”, para luego equipararlo con el que se produciría con “el fracaso en la consolidación de las cuentas públicas donde sea necesario” que reduciría la confianza, obstaculizando el crecimiento.

Se actuó en forma absolutamente inversa a la recomendación de destacados economistas. “Gasten ahora- ha escrito Paul Krugman- que la economía está deprimida: ahorren luego, una vez que se haya recuperado. En todo el mundo, las políticas parecen decididas a hacer lo contrario. Están ansiosos de privarle  de dinero a la economía cuando necesita ayuda, al tiempo que se resisten a abordar los problemas presupuestarios a largo plazo. Ahora mismo- agregó ejemplificando con EE.UU. – tenemos una economía enormemente deprimida, y esa economía deprimida está infligiendo daños a largo plazo. Y cada mes que pasa nos vamos acercando a una trampa deflacionista similar a la japonesa. De modo que éste no es un buen
momento para la austeridad fiscal”(27/06/10).

Más aún, en una columna escrita poco después en The New York Times, afirmó “ahora, me temo, estamos en la primera etapa de una tercera depresión.  Aunque la responsabilidad fiscal a largo plazo es importante, rebajar drásticamente  el gasto (…) abriendo paso a la deflación, es una actitud abiertamente autodestructiva.  Probablemente sea más semejante a la Larga Depresión que a la mucho más grave Gran Depresión.  Esta tercera depresión será, primordialmente, un error de política.  Tanto Estados Unidos como Europa se encaminan hacia trampas deflacionarias al estilo de Japón” (30/06/10).   La primera depresión a que hace mención Krugman se produjo en la década de los setenta del sigo XIX y fue provocada por una contracción en los precios de los alimentos, que llevaron a todos los países industrializados, excepto el Reino Unido, a establecer aranceles para proteger el empleo interno. 

George Soros, de visita en Berlín durante los días de la cumbre de Toronto, afirmó que la excesiva austeridad fiscal que Alemania busca establecer en la eurozona, empuja a la región a una deflación, considerado como uno de los mayores riesgos macroeconómicos  existentes actualmente a nivel mundial en los países industrializados, como consecuencia del bajo nivel de actividad económica, a acentuarse con las políticas de ajuste.  “En este momento –explicitó- los alemanes están arrastrando a sus vecinos a la deflación, que amenaza con una larga fase de estanflación.  Y eso lleva a su vez –añadió-, al nacionalismo, descontento social y xenofobia.  La propia democracia –concluyó- podría estar en peligro” (02/07/10). 

Joseph Stiglitz, a su turno, sostuvo: “Los recortes en Alemania, Reino Unido y Francia (de gasto  público) significarán que todo Europa va a sufrir.  Si todos siguen esta política, sus déficits presupuestarios empeorarán, y tendrán que hacer más recortes y elevar más los impuestos.  Es una espiral viciosa descendente.  (Herbert) Hoover –agregó- creía que cuando se entra en recesión aumentan los déficit, por lo que optó por los recortes, y esto es precisamente lo que quieren ahora los estúpidos mercados financieros que nos metieron en los problemas que tenemos” (02/07/10).

Por lo demás, el propio comunicado de la cumbre calificó la recuperación económica global de “dispareja y frágil” y expresó que para alcanzar un crecimiento sostenible” necesitamos seguir adelante con los actuales planes de estímulo mientras trabajamos para generar
las condiciones para una demanda robusta del sector privado” (27/06/10). Por tanto, se fijaron un plazo de un año y medio para que el “sector privado”, o sea el consumo, la inversión empresarial y las exportaciones puedan reemplazar el papel en la recuperación de los estímulos fiscales.  Alternativa extraordinariamente dudosa.

 

            En Toronto estuvo muy presente el giro hacia la derecha producido en varios gobiernos de las economías industrializadas. Ello se expresó en el comunicado final, que si bien habla de crecimiento económico y una acción más decidida en el plano financiero, en definitiva se cargó claramente hacia la reducción de los déficits y deudas fiscales. Este giro también se produce en el propio Congreso norteamericano. El Senado le propinó pocos días antes de la cumbre del G-20 una derrota a Obama al rechazar una extensión de la ayuda a los desempleados que constituía una forma de prolongar medidas de estímulo económico.

La posición de la Casa Blanca frente a la cumbre fue expresada en un  artículo publicado en The Wall Street Journal pocos días antes de su realización por el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, y el presidente del Consejo de Asesores Económicos de Obama, Lawrence Summers. “Tenemos que demostrar – señalaron – un compromiso para reducir los déficits a largo plazo, pero no al precio del crecimiento a corto plazo. Sin crecimiento ahora, los déficits aumentarán y pondrán en riesgo el crecimiento futuro” (29/06/10). Sin embargo, la cita puso el énfasis en reducir los déficit en plazos breves.


               
La canciller alemana, Angela Merkel, calificó la cumbre como “un éxito”,  “es mucho más de lo que esperábamos”. Fueron sus propuestas las que en ritmos diferentes son hechas suyas por los países industrializados.  Es una muestra muy clara del triunfo de las posiciones más conservadoras.   El  G-20 que nació para coordinar políticas a nivel global, ahora admite la existencia de respuestas diferentes.  La pregunta obvia es para qué sirve el G-20.
            Igualmente se decidió que cada país resuelva como garantizar que los bancos financian los rescates futuros de entidades en problemas. Los nuevos requerimientos de capital a exigir a las entidades financieras se dejó para fines de año, pero adelantando desde ya que “su
aplicación será gradual”.   “Los líderes G-20  -comentó Financial Times- pueden querer reforzar los bancos para prevenir una futura crisis, pero ellos exactamente no ´se rompen el lomo´ para hacerlo.  En su reunión en Toronto, ellos se ponen “el objetivo” de tener nuevos acuerdos hacia fines de 2012.  La total puesta en práctica seguirá un paso incierto a partir de entonces” (01/07/10).

En cuanto a la liberalización del comercio internacional, después de los fracasados intentos de llegar desde hace nueve años a acuerdos en la Ronda de Doha, sólo se proponen alcanzar “una conclusión ambiciosa tan pronto como sea posible”.  Más vago es imposible.
            En otras palabras no hay acuerdos globales, alcanzándose compromisos en materia de ajustes fiscales entre los países industrializados, que representan algo menos de la mitad del producto mundial. El camino concordado tiene similitudes con la cumbre del G-5 efectuada en Tokio en  1979 que se planteó como objetivo central reducir los niveles de inflación, utilizando como mecanismo principal subir las tasas de interés. EE.UU, como consecuencia de ello experimentó una doble recesión.  El peligro de vivir experiencias similares es muy grande.
            El G-20 no estuvo a la altura de las circunstancias. Su legitimidad como instancia de decidir políticas globales está cuestionada. No ejerce la labor de dirección de la economía mundial que se autoasignó como “principal foro para la cooperación económica internacional”.  Toronto constituyó un esfuerzo para ocultar las diferencias.  “No ha aparecido por ningún lado editorializó El País – la coordinación urgente de las políticas económicas de los 20 (ni siquiera la (…) del G-8)” (27/06/10).


               
La cumbre igualmente no logró concordar posiciones frente a la constantemente proclamada necesidad de una reforma financiera. Barack Obama llegó a Toronto luego de alcanzarse en el Congreso estadounidense un acuerdo definitivo para aprobar la mayor reforma financiera en EE.UU. desde la década de los treinta del siglo pasado, que al finalizar junio ya fue aprobada por la Cámara de Representantes, faltando la votación favorable del Senado, postergada hasta mediado de julio.   “Las nuevas reglas -declaró el presidente estadounidense- serán un modelo de salvaguarda que puede proteger a todas las naciones”. El acuerdo se alcanzó en medio de una intensa polémica que se prolongó por más de un año. “Nunca antes-reseño El País – la entidades financieras habían hecho un esfuerzo semejante en la defensa de su causa. Nunca antes -añadió – una Administración había llegado tan lejos en su enfrentamiento con Wall Street” (26/06/10). Obama llevó a Toronto la reforma financiera concordada como “modelo” a generalizarse. No lo logró.
            El aspecto principal del acuerdo fueron las limitaciones establecidas al funcionamiento de los bancos comerciales, aunque éstas resultaron inferiores a las temidas por el sector y menores a las planteadas en el proyecto original enviado al Congreso. Las medidas se concentran en dos líneas fundamentales: reducir los riesgos a futuro del sistema financiero y aumentar los mecanismos de vigilancia en el sector. El proyecto original impedía que la banca comercial efectuase especulaciones en operaciones de alto riesgo. El acuerdo limita esta posibilidad hasta un 3% de su capital. Igualmente deberán aumentar sus reservas cuando coloquen títulos financieros respaldados por hipotecas hasta un 5% del riesgo por el crédito. Al mismo tiempo, deberán preocuparse que los receptores de créditos hipotecarios cumplan normas
que permitan posteriormente su cancelación. 
            La nueva ley establece que los bancos comerciales no desarrollen directamente operaciones de alto riesgo, sino que los efectúen a través de subsidiarias que no tendrán acceso a financiamiento de la Reserva Federal. En otras palabras,  nuevamente se formarán bancos de inversión, que desaparecieron durante la crisis uno tras otro.  Bancos de inversión que fueron presionados para convertirse en bancos comerciales, teniendo que cumplir con las normativas de la Fed, puedan retomar su carácter anterior.
            El acuerdo fusiona diversas oficinas reguladoras en un órgano único de control. Paralelamente se le entrega más atribuciones a la Fed en la supervisión de las mayores entidades financieras, que el quebrar puedan conducir a crisis globales de proyecciones impredecibles, como aconteció con Lehman Brothers. Los grandes bancos requerirán contar con capitales mayores. 
            Estos grandes bancos podrán seguir invirtiendo en derivados, mercado que mueve anualmente unos US$615 billones. Se les autorizará a invertir en instrumentos que según Bloomberg representan un 9,2% de sus negocios. Las clasificadoras de riesgo, que  acentuaron con su conducta la crisis financiera, podrán ser sometidas a juicio por todos aquellos que se consideren perjudicados por un “error” de juicio. 
            En Toronto el Consejo de Estabilidad Financiera (CEF) presentó su segundo informe. Su presidente Mario Draghi propuso en carta enviada a los integrantes del G-20 lograr “acuerdos sobre el período transitorio que permitan alcanzar una normativa robusta, antes que permitir que la preocupación por esa fase transitoria debilite las nuevas normas” (27/06/10). En otras palabras, el calendario para concluir en una reforma financiera se alejó aún más. Se había previsto que se llegase a un acuerdo para aumentar las exigencias de capital a los bancos a fines del presente año, para luego aplicarse progresivamente hasta el año 2012.  Ahora el CEF propuso “que la aplicación de las medidas comiencen en 2012 y se establezca entonces un periodo de transición”. El CEF está compuesto por bancos centrales, autoridades nacionales reguladores y asociaciones internacionales de supervisión.

HUGO FAZIO